
La duda entre mantener la caldera de gas o pasarse a una bomba de calor se resuelve mirando dos cifras concretas, no con reglas generales. La instalación de aerotermia en un piso suele moverse entre los 9.000 y 15.000 euros para 100 metros cuadrados, mientras que cambiar solo el quemador cuesta mucho menos al principio. Sin embargo, ese gasto inicial mayor se compensa si el consumo eléctrico baja lo suficiente como para amortizarlo antes de que termine la vida útil del equipo.
La clave está en cómo funciona tu calefacción actual. Si tienes radiadores de hierro fundido, típicos en bloques antiguos de Usera o Getafe, es probable que aguanten bien temperaturas bajas y la bomba rinda sin obras grandes. Pero si necesitas modificar emisores, buscar sitio para la unidad exterior en la fachada o instalar acumuladores, el precio sube. No hay respuesta universal: depende de la envolvente de tu casa y de qué puedas tocar dentro de la comunidad de vecinos.
Dónde gana la caldera de gas y dónde gana la bomba de calor
La caldera de gas suele ganar en el tramo inicial. Su instalación es bastante más barata, un factor decisivo para quien mira la factura de la obra antes que los recibos anuales. En cambio, la bomba de calor se lleva la ventaja en el coste de uso diario. Al extraer energía del aire exterior, entrega varias unidades de calor por cada unidad de electricidad consumida, lo que reduce el gasto operativo a medio plazo. Esta dinámica cambia según si vives en un piso intermedio con vecinos alrededor o en una vivienda exenta, pero la tendencia general favorece a la aerotermia cuando el horizonte temporal supera los diez años.
Aquí entra un detalle que muchas comparaciones omiten: la funcionalidad real. La caldera solo sirve para calentarte y tener agua caliente. Sin embargo, el mismo equipo de aerotermia puede dar también refrigeración en verano mediante fancoils o suelo radiante reversible. Para un piso en Madrid, donde los veranos son duros, esto significa tener climatización completa sin duplicar aparatos. Aunque la inversión sea mayor al principio, ese valor añadido pesa mucho si ya necesitas instalar aire acondicionado independiente. No se trata solo de eficiencia, sino de cubrir todas las necesidades térmicas con un único sistema hidráulico conectado a tu circuito de agua.
Los dos datos de tu vivienda que resuelven la comparación
La comparación deja de ser un ejercicio teórico en cuanto se ponen encima dos datos concretos. El primero es cuántos meses al año funciona de verdad la calefacción en tu bloque, algo que en Madrid capital y su área metropolitana varía según la orientación y si tienes vecinos alrededor o no. En un piso intermedio, el calor no se escapa tanto como en una casa exenta, lo que reduce la carga térmica real. El segundo dato clave es qué pagas hoy por el combustible que quieres dejar atrás. Sin esa cifra exacta, cualquier estimación sobre aerotermia es humo.
Tener a mano los consumos de los tres últimos inviernos permite ajustar el cálculo. No vale mirar solo el tamaño del piso; importa la temperatura exterior media que soportó tu instalación durante esos meses, especialmente si vives en zonas más expuestas como el noroeste o cerca de la sierra. Con estos números, los instaladores pueden ver si tus radiadores actuales aguantan agua a baja temperatura o si hay que ampliar elementos. Es la diferencia entre una oferta genérica y una que responde a tu realidad física y económica.
Por qué sustituir gasóleo sale mucho antes que sustituir gas de condensación
El tiempo que tarda en amortizarse la inversión depende de dos factores: el precio del combustible que se abandona y las horas que funciona la instalación. En los bloques de Getafe o Leganés con calderas comunitarias de gasóleo, la cuenta sale mucho antes. Estos edificios suelen encender la calefacción desde noviembre hasta marzo, consumiendo un combustible caro durante meses para calentar decenas de viviendas simultáneamente.
La situación cambia radicalmente si hablamos de una vivienda individual con una caldera de condensación reciente. El gas natural es más barato por kilovatio hora que el gasóleo, y muchos pisos intermedios apenas usan la calefacción unas pocas semanas al año gracias a la inercia térmica de los vecinos. Al sustituir un sistema ya eficiente y poco utilizado, el ahorro mensual no compensa el coste de la obra con la misma rapidez.
Qué desaparece de la factura además del combustible
Al retirar el combustible y la caldera, se desprenden varios gastos fijos que muchas veces pasan desapercibidos. Deja de abonarse la revisión periódica del gas, un trámite obligatorio en Madrid que implica una visita técnica anual. También desaparecen los costes asociados al mantenimiento de la chimenea o salida de humos y la rejilla de ventilación reglamentaria en el cuarto donde estaba la máquina. En bloques antiguos del sur metropolitano, como los de Getafe o Leganés con radiadores de hierro fundido, este ahorro es tangible porque esos elementos ya no tienen función.
Es cierto que el recibo de electricidad sube, dado que la bomba de calor consume energía para mover el compresor. Sin embargo, la partida de gas cae a cero, salvo que mantengas una cocina de butano independiente. Lo correcto no es mirar cada factura por separado, sino sumar ambas cifras antes y después. En pisos intermedios de 100 metros cuadrados, donde los vecinos actúan como aislante térmico, la demanda suele ser baja. Un instalador debe calcular esa carga real para evitar sobredimensionar el equipo, lo que dispararía el consumo eléctrico sin mejorar el confort.
Cómo influye la zona climática D3 de Madrid en el rendimiento real
Madrid capital entra en la zona climática D3 del Código Técnico de la Edificación, lo que implica inviernos con heladas y veranos calurosos. Para un piso, esto obliga a mirar el rendimiento real de la bomba de calor cuando la temperatura exterior baja hasta los cero grados, ya que el dato nominal suele ser más optimista. En la práctica, una máquina que rinde bien en condiciones ideales puede perder eficiencia notablemente durante las noches frías de enero o febrero.
A cambio, el invierno seco de la meseta ayuda bastante. Al haber menos humedad ambiental, se reducen mucho los ciclos de desescarche, esos paros obligatorios donde el equipo deja de calentar para limpiar hielo del intercambiador. Esto penaliza el consumo en zonas húmedas como el Cantábrico, pero aquí es menos frecuente. El resultado final es un rendimiento estacional intermedio: ni el mejor posible por el frío, ni tan perjudicado por el hielo como en otras regiones. En municipios como Alcalá de Henares, las nieblas persistentes pueden cambiar ligeramente esta dinámica.
Qué hace que la cuenta salga mal: el sobredimensionado
El fallo más habitual al cambiar la calefacción en un piso es poner una máquina sobredimensionada. Ocurre cuando el instalador calcula la potencia basándose solo en los metros cuadrados y no en la carga térmica real. En viviendas con medianeras, esa cifra infla el presupuesto porque ignora que tienes vecinos arriba, abajo y a los lados actuando como aislante natural. El resultado es un equipo demasiado potente para tu demanda concreta.
Una bomba de calor que arranca y se detiene continuamente pierde eficiencia. Gastas más electricidad por cada ciclo de arranque, sufres saltos bruscos de temperatura y acortas la vida útil del compresor, que está diseñado para funcionar estable durante horas. Es especialmente común en bloques antiguos de Usera o Carabanchel donde la envolvente no es tan mala como parece. Para acertar hay que medir la pérdida real de calor de la fachada, no adivinar por superficie.